01. Contextualización histórico cultural de los tratamientos psicológicos: de la antigüedad a 1900

Introducción

La práctica de la psicoterapia constituye un dispositivo cultural, cuya función consiste en equilibrar las relaciones entre el individuo y el grupo. La forma específica en que tal función se lleva a cabo en una sociedad concreta, depende de las peculiaridades de dicha cultura.

En la cultura occidental de principios del XXI, los tratamientos psicológicos se conciben como práctica sociocultural, orientada a mejorar la salud mental y calidad de vida.

Durante la antigüedad y el medioevo, los tratamientos psicológicos estuvieron relacionados con las concepciones religiosas, pero las actuales psicoterapias, se forjaron a partir del periodo conocido como modernidad. En cuanto a los tratamientos psicológicos, esa etapa cultural ha supuesto:

La decadencia de las prácticas religiosas, como dispositivos de equilibración de las relaciones individuo y grupo.

El desplazamiento de las expectativas de equilibración que la religiosidad ya no satisfacía, hacia la filosofía y el arte.

El fracaso del arte y la filosofía como dispositivos dominantes de equilibración.

El surgimiento de los actuales tratamientos psicológicos, como prácticas culturales vinculadas a la ideología, al conocimiento positivo, y al control empírico de su eficacia.

En el siglo XX, ajuste entre demandas sociales y actividad terapéutica, el poder del psicoterapeuta se manifiesta en la influencia interpersonal que genera su actividad, y en su capacidad para pronunciarse como colectivo profesional, pero dicho poder está ligado a las presuposiciones que hacen posible, las actividades clínicas y las declaraciones colegiales.

Considerando como un todo la actividad clínica de los psicoterapeutas, el momento actual se caracteriza por:

La existencia de varias concepciones de la intervención terapéutica, que mantienen entre sí diferencias en tres niveles de análisis: epistemológico, teórico y técnico.

Tendencia a la integración de algunos presupuestos, que puede observarse en los niveles de análisis, y refleja la corriente cultural propia de nuestra época y recibe el nombre de mestizaje.

Existencia de acuerdo entre los profesionales, respecto a la relevancia de ciertos aspectos del proceso de cambio terapéutico, sobre todo en lo relativo a las condiciones de la alianza y la relación terapéuticas.

Los tratamientos psicológicos como práctica sociocultural

Con criterios antropológicos, toda práctica sociocultural consiste en una actividad social a menudo compleja, y por tanto, compuesta por un conjunto de procedimientos que refuerzan la vinculación del individuo con el grupo, y la adhesión de ambos a la visión del mundo propia de esa cultura.

Cada visión del mundo, constituye una configuración simbólica compleja, que dependiendo parcialmente del desarrollo tecnológico alcanzado en un momento dado, organiza de forma coherente, las actitudes, valores, creencias, y prácticas que posibilitan a los miembros de esa cultura, la supervivencia en un entorno físico, y el establecimiento de vínculos sociales.

Generalmente cuando hablamos de desarrollo tecnológico, pensamos en un tipo de conocimiento práctico capaz de generar utensilios y modificar la relación con el ambiente; sin embargo, también conviene tener en cuenta las llamadas tecnologías de la inteligencia. Se entiende por tales aquellas tecnologías, que inscritas en el proceso mismo del pensamiento, tienen por función y efecto, posibilitar ciertas operaciones de la inteligencia imposibles de realizar de otra manera.

La experiencia del trastorno psicológico y la curación, no remiten solo a la noción de enfermedad y tratamiento, sino también a la noción de conducta social en general, y más concretamente, a la noción de persona desarrollada por una cultura dada. En este sentido, los tratamientos psicológicos constituyen tanto productos como procesos culturales, que tienen entre sus funciones reforzar dogmas culturales particulares, constituyéndose en agentes de socialización.

Criterios de contextualización

Hoy en nuestra cultura, los tratamientos psicológicos constituyen un tipo de actividad profesional, que inserta en el ámbito de la salud es retribuida por la inversión privada, o cada vez con mayor frecuencia, por fondos pertenecientes al erario público o a las compañías aseguradoras. Es por eso que el control de la eficacia de los tratamientos psicológicos, se ha convertido en un criterio prioritario para su evaluación.

Sin embargo, las investigaciones sobre eficacia no han logrado delimitar de forma inequívoca, qué clase de tratamiento es más eficaz para cada tipo de trastorno.

Por ello junto con la eficacia, resulta indispensable establecer otro tipo de criterios, que nos permitan conocer y mejorar aquellos recursos, mediante los que los tratamientos psicológicos cumplen la función social que les hemos asignado, así como su relación con las vías por las que los pacientes ven satisfechas sus demandas.

Un criterio de objetivización y evaluación crítica de las psicoterapias, consiste en analizar el conjunto de presuposiciones culturales que mantienen vigentes sus teorías y procedimientos.

Para la caracterización de los tratamientos psicológicos, existen tres tipos de presuposiciones culturales relevantes:

  1. Las presuposiciones de carácter axiológico –relacionadas con los valores –.

  2. doxástico –relacionadas con las opiniones –.Este tipo de presuposiciones tienen como núcleo, el estatus individual que la cultura reconoce al paciente, y la responsabilidad que atribuye al trastorno y la curación.

  3. Las presuposiciones de carácter epistemológico, relacionadas con las concepciones de la naturaleza del conocimiento humano.

La premodernidad

Entendemos por etapa premoderna, la que se extiende desde la Prehistoria hasta 1500 d.C.

Entre las presuposiciones culturales que articularon la visión del mundo premoderna destacan:

El hombre es un elemento más de la naturaleza.

El control de la conducta humana está en gran medida fuera del alcance del hombre; esto es, en manos de la voluntad de los dioses (el destino, o de Dios (La gracia).

La enfermedad mental, constituye un ejemplo paradigmático de comportamiento, sujeto a un control externo. Dicho control es de naturaleza transcendente.

El hombre y la naturaleza, así como los dioses y Dios, forman parte de la realidad, la cual existe objetivamente (con independencia del conocimiento humano).

La realidad sólo es parcialmente cognoscible por la inteligencia humana.

En lo que respecta a la evolución de los tratamientos psicológicos, los aspectos significativos son:

Cuando una cultura carece de escritura, su visión del mundo suele articularse en torno a creencias mágicas, con lo que sus prácticas médicas, psicoterapeutas y religiosas, suelen constituir prácticas indiferenciadas. En la Edad de Bronce, los chamanes, junto con la prescripción de amuletos, empleaban técnicas como el control respiratorio o la repetición, para liberar a los enfermos psíquicos de sus dolencias. En esa época, tanto las dolencias físicas como las mentales, se atribuían a la influencia de fuerzas no observables, cuyo poder sobrenatural era invocado con objeto de obtener la curación (orientación irracionalista).

Entre las culturas antiguas que ya conocían la escritura, comenzaron a establecerse formas de intervención psicoterapéutica, que respondían a criterios netamente racionales. Con todo, la ausencia de diferenciación entre prácticas mágico-religiosas y prácticas médicas, se extenderá por toda la antigüedad como una combinación de prescripciones rituales, con normas higiénicas y recomendaciones naturalistas, (orientación empírica).

Es en el derecho romano donde se acuña el concepto de persona legal o ciudadano del Estado, como lugar de derechos y deberes (orientación individualista). Dentro del imperio romano, el concepto de persona jurídica servirá como punto de partida, para la elaboración de los conceptos morales de persona, propuestos por la filosofía estoica y el cristianismo.

Tras el desmoronamiento del Imperio Romano, el endurecimiento de las condiciones de vida y la inseguridad por las continuas guerras, tuvieron un efecto involutivo sobre la cultura, la cual pasó a estar controlada en todas sus manifestaciones por la Iglesia.

La hostilidad eclesiástica hacia conocimientos que no procedieran de la revelación, afectó a las prácticas médicas, pues ejercía su control sobre los fieles invocando el principio de obediencia, y antepuso la fe a cualquier otro remedio curativo. Sin embargo, esta misma hostilidad hacia el conocimiento empírico, tuvo como consecuencia el desarrollo de amplios debates sobre la naturaleza del alma, y la vinculación de ésta con las funciones psicológicas (orientación epistémica), así como sobre la vida del espíritu (orientación introspectiva).

Surgió una orientación represora, caracterizada por el hecho de que junto a ciertos enfermos mentales, se consideraba poseídos por el diablo y propagadores de sus males, a todos aquellos que alimentaban ideas subversivas contra el Estado, o contra los valores morales consagrados como verdades inamovibles.

Este estado de cosas se mantendrá inalterable hasta el siglo XVIII, cuando el desarrollo científico, propiciado en buena medida, por dos siglos de rápida difusión del conocimiento gracias a la imprenta, convierta la razón en uno de los valores dominantes de la cultura occidental. Con todo, de la iglesia medieval, la Ilustración heredará:

Una actitud hacia la enfermedad mental de carácter represor, y poco diferenciada del control de la conducta social.

Una cierta tradición, en la creencia de la durabilidad de los trastornos psicológicos, dependiente de los atributos del alma, (de ciertas funciones psicológicas, ej, la voluntad).

La modernidad

Factores como la apertura de nuevas rutas comerciales con oriente y con el continente americano, la aparición de la imprenta, o ciertas innovaciones tecnológicas que afectaban a la producción de bienes, dieron lugar a la emergencia de un pensamiento filosófico de carácter antropocéntrico, en oposición al teocentrismo medieval.

En cuanto periodo cultural, la Modernidad fue introducida por el Renacimiento, la Reforma y la Contrarreforma, consolidada por la Ilustración, y llevada a su apogeo por las sucesivas etapas de la Revolución Industrial. Los tratamientos psicológicos, tal como hoy los conocemos, son fruto de la modernidad. Los rasgos de la modernidad relacionados con ellos son:

  • La secularización de la visión del mundo.

  • La transformación de las sociedades agrícolas en industrializadas, con la consiguiente transformación de las estructuras sociales.

  • La debilitación de los vínculos entre el individuo y el grupo, como consecuencia de las transformaciones estructurales, en particular la de la familia.

  • La modificación del estatus del individuo en relación con el grupo, consecuencia de los tipos de cambio mencionados.

  • La acumulación de información sancionada socialmente como conocimiento fiable. Dicha información podrá estar referida a cualquier aspecto concreto de la realidad, y sólo será considerada digna de crédito cuando provenga de la observación o la experimentación.

  • La desaparición de la visión del mundo geocéntrica, propia del período medieval, implicó un desplazamiento del foco de interés; hasta la Ilustración, el hombre aún seguirá siendo considerado un ser intermedio entre las bestias y los ángeles. Este hecho influirá decisivamente en el proceso de constitución de los tratamientos psicológicos.

Primera modernidad (1500-1850)

Se encuadran movimientos culturales de gran envergadura, el Renacimiento, la Reforma Protestante, la Contrarreforma Católica, la Ilustración y el Romanticismo; eventos políticos como la Revolución francesa, la Independencia de Estados Unidos, o las guerras napoleónicas, y desarrollos tecnológicos como la primera revolución industrial.

Pero el reconocimiento de la dignidad del enfermo mental será mucho más teórico que práctico. Es decir, los tratamientos psicológicos girarán en torno al internamiento, y la intervención se reducirá al ejercicio de presión moral en distintos grados, pues la confianza en la durabilidad de los trastornos mentales, no se afianzará hasta la última década de este periodo.

Renacimiento, Reforma y Contrarreforma

Durante el Renacimiento, la Reforma y la Contrarreforma, se produjo una recuperación progresiva de las antiguas tradiciones médico-racionalistas, y con ello, una recuperación de la orientación empírica. En gran medida estas prácticas habían sido preservadas y enriquecidas por la medicina árabe, puesto que en la cultura islámica los enfermos mentales fueron tenidos por inspirados por Dios, y por tanto, mucho más respetados que en occidente.

Retornó, el tratamiento de ciertos trastornos psicológicos a base de dietas, eméticos y sangrías. Al mismo tiempo las creencias en la brujería seguían arraigadas, la Inquisición asimilaba enfermedades mentales con posesiones demoníacas, y tratando de herejes a ciertos enfermos, propició una consolidación de la actitud represora.

Existió una tercera vía de intervención psicoterapéutica, cuyos antecedentes procedían del medievo. Se trata de la creación de los primeros hospitales destinados específicamente a acoger enfermos mentales, en los que recibían un trato humanitario, justificado por la caridad y por una moral religiosa, cada vez más predispuesta a respetar cualquier manifestación de lo humano. (Hospital mental de Valencia en 1409 por el padre Jofré, dará lugar al mito fundacional de la psiquiatría).

La aparición de los primeros centros psiquiátricos, puede considerarse un indicio del afianzamiento de la orientación moral. Erasmo, valoró la locura como un noble motivo de reflexión, y afirmó que ésta constituye el núcleo mismo de la cordura.

El afianzamiento de la orientación moralizante se fue abriendo camino en la vida secular, gracias a tres contribuciones decisivas en la reactivación simultánea de las orientaciones: ética, individualista e introspectiva: El Príncipe de Maquiavelo, los Ensayos de Michel de Montaigne, y la ética cartesiana. Pero las contribuciones decisivas en este aspecto vendrán de la Reforma y la Contrarreforma.

La Reforma protestante, constituye la contribución axiológica de este periodo, que tendrá un mayor peso en el posterior desarrollo de los tratamientos psicológicos. A partir de la Reforma, en los países en los que ésta triunfe, la religión sólo tendrá que autoafirmarse frente al poder político. Este hecho vendrá determinado, por la enérgica defensa de las orientaciones individualista y ética propugnada por el protestantismo: Lutero, estableció como dogma que al hombre le basta su fe para salvarse, Juan Calvino, dotó a la simplicidad de esta creencia de una profunda dimensión moral.

De las diversas implicaciones socioculturales de la Reforma protestante, dos aspectos destacan por su influencia a largo plazo, sobre lo que la actual cultura occidental entiende por tratamientos psicológicos:

Según la doctrina de la doble predestinación, Dios elige a quienes han de salvarse y a quienes se condenarán, con independencia de su fe, su amor, sus méritos o falta de ellos. La relación establecida por la reforma calvinista, entre identificación de los elegidos por Dios para salvarse, y los indicios externos de bienestar social y riqueza, convirtieron esta creencia, en fundamento ideológico de la ética del trabajo y del ahorro, propia de los inicios del capitalismo, así como de la orientación hacia el éxito y la riqueza de nuestra sociedad actual.

Por otra parte, si bien entre los protestantes, incluidos los calvinistas, la confesión continuó siendo un valor reconocido para los fieles con remordimientos de conciencia, en cuanto práctica introspectiva dirigida a la identificación de las propias faltas, dejó de ser considerada un sacramento. Esta desacralización resultó facilitadora del proceso de transformación, de las relaciones de guía espiritual en relaciones de consejo psicológico.

Además, la Reforma protestante reconoció al individuo la capacidad de leer e interpretar adecuadamente la palabra de Dios. Esta independencia hermenéutica que la Reforma asigna al individuo, va a tener como consecuencia, la consolidación del modelo atributivo interno del cambio psicológico, pues con la única condición de que su conducta se atenga a la ley divina, afirma a cada ser humano como responsable último de su vida, y por tanto de su destino.

La Contrarreforma o Reforma Católica, consistió en un movimiento nacido en la iglesia romana y propugnado por nuevas órdenes religiosas. El pensamiento contrarreformista se proponía la renovación interna de la iglesia, pero además se oponía a la Reforma Protestante. En los países en los que triunfó la Contrarreforma (entre ellos España), sus gobernantes establecieron sólidos vínculos entre la Iglesia y el Estado, de forma que la Iglesia, con frecuencia a través de la inquisición, se convirtió en un arma política de control social y de sometimiento del individuo a los criterios del grupo.

La época de la razón

En lo relativo a la ordenación social, uno de los cambios que trajeron consigo el desarrollo de nuevas tecnologías y la expansión mercantil, iniciadas en el periodo renacentista, consistió en el incremento progresivo de las cotas de poder político y económico alcanzadas por la burguesía.

Así, la continua expansión burguesa va a tener como referentes axiológicos-doxásticos, por una parte, la defensa de la libertad individual y del comedimiento, el autocontrol, la supresión de la espontaneidad, el rechazo de la sensualidad y la sexualidad, y el rechazo del misticismo propugnados por la moral reformista, y por otra, una fuerte reafirmación de la razón, como valor que afectará tanto a las concepciones éticas, como a la organización de la vida cotidiana.

A su vez, la defensa de la razón, facilitará mediante el reforzamiento de la orientación empírica, el desarrollo tecnológico que hará posible la primera revolución industrial, y los valores asumidos por la burguesía facilitarán su auge como clase social.

En el optimismo racionalista y secular de la Ilustración, se encuentran las raíces inmediatas de todas las prácticas psicoterapéuticas actuales. Porque a partir de la reforma protestante, con el movimiento ilustrado, se produce un segundo paso decisivo en el proceso de secularización de la visión del mundo occidental. Una de las manifestaciones de dicho proceso, consistirá en el desarrollo diferencial que las teorías metaéticas –cuyo objeto consistía en dilucidar si el comportamiento acorde con las normas sociales, tiene una fundamentación objetiva (razón), o subjetiva (emoción) – tendrán en Inglaterra y el continente.

En el continente prevalecerá el racionalismo axiológico de Spinoza, Rousseau y Kant, quienes defenderán la creencia de que los valores sancionados por la sociedad, son expresión directa o indirecta de la razón. Mientras, en Inglaterra, Hobbes defenderá está concepción, pero Shaftesbury, Hutcheson, y Hume, argumentarán a favor de un origen emocional de los valores morales, y por tanto, de la capacidad de adaptación del individuo.

Ambos posicionamientos axiológicos van a dar lugar a dos tradiciones culturales, que a su vez, durante el siglo XX serán asumidas por diferentes líneas de intervención psicoterapéutica, como modelos diferenciales del ser humano.

Mientras que el núcleo de las propuestas metaéticas racionalistas, serán asumidas como presuposiciones axiológicas por los tratamientos psicodinámicos, las terapias sistémicas racionalistas, las terapias basadas en la reestructuración cognitiva, y la terapia cognitivo-conductual; las propuestas metaéticas emocionalistas, se constituirán en el núcleo de las presuposiciones axiológicas humanistas.

Entre las teorías metaéticas racionalistas destacan:

  • Teoría contractual inglesa. Desarrollada por Hobbes en Leviathan. Hobbes consideró que la autosatisfacción y la autopreservación son las únicas motivaciones del ser humano, y que lo bueno corresponde a cualquier objeto de deseo, si bien lo deseable varía de un individuo a otro. Por ello, la propuesta de Hobbes, antecedente axiológico del concepto de refuerzo, desarrollado por la Modificación de Conducta, suele calificarse de hedonista y subjetiva. Lo más destacable de la aportación hobbiana, consiste en la noción de contrato social como recurso para evitar la guerra de todos contra todos, en que degeneraría la actividad social si la conducta de los individuos sólo respondiera a sus motivaciones individuales.

    • De cara a mantener el equilibrio promovido por el contrato social, la cesión de derechos de cada individuo, se hace recaer en una persona o grupo cuya soberanía garantiza el cumplimiento del contrato, recurriendo si fuera necesario al castigo de los infractores. Este último aspecto de la metaética de Hobbes, constituye un precedente axiológico directo de las concepciones freudianas, de la dinámica de la vida psíquica y las funciones del yo.

  • Teoría contractual francesa. Representada por Rousseau, quien defendió la necesidad de establecer una norma que responda a la voluntad general. Concibió a los hombres civilizados como identidades divididas, porque la voluntad general representaría la voluntad racional de cada miembro de la comunidad, y si un individuo se opusiera a la decisión de la voluntad general, tal oposición estaría respaldada por sus impulsos físicos, pero no por su verdadera voluntad autónoma. Esta teoría metaética, constituye un claro referente axiológico-doxástico, del modelo topográfico de la personalidad y la concepción del desarrollo freudiano.

  • Teoría de los imperativos morales. Elaborada por Kant, quien consideraba que la libertad sólo existe en las acciones racionales. Pero una acción racional no podría basarse en los deseos personales de un solo individuo, sino que debería adecuarse a algo que este pudiera considerar una ley universal. Kant propuso que las acciones humanas, sólo poseen valor moral cuando se imponen por su propia razón, y que nada sino la razón puede determinar el contenido de una ley moral. Ésta debe coincidir con la razón universal, y por tanto, sus prescripciones denominadas imperativos categóricos, deben ser aplicadas por todo ser racional con independencia de sus deseos y sentimientos. Esta posición axiológica kantiana, constituye un referente cultural inmediato del super-yo en cuanto estructura de la personalidad, así como de ciertos aspectos de las terapias de reestructuración cognitiva, en particular la concepción de las creencias irracionales defendida por Ellis.

Entre las teorías metaéticas, que fundamentan el comportamiento humano en las emociones, destacan:

  • Teoría del propio interés y desarrollo de la conciencia. Buttler, defendió la armonía entre el propio interés y la conducta moral, considerando que la felicidad se alcanza como resultado del producto de la satisfacción de los propios deseos, y la satisfacción de los deseos ajenos. Esta concepción constituye un precedente axiológico, de las terapias familiares centradas en la solución de problemas.

  • Teoría del sentido moral. Sharftesbury, Hutcheson y Hume, en contra de Hobbes, consideraron que la autopreservación no es la única pasión que mueve al hombre, y que la benevolencia, la generosidad, la simpatía y la gratitud, también lo son. Por ello, postularon que la razón no puede fundamentar la moral, pues la razón resulta útil para mostrarnos cómo alcanzar nuestros objetivos, pero inútil para movilizarnos a actuar excepto en beneficio propio. Este posicionamiento axiológico, será asimilado por el movimiento Humanista y por las terapias constructivistas.

Los tratamientos psicológicos durante la primera modernidad

Durante los siglos XVII y XVIII, la hegemonía de la razón y el individualismo, como organizadores de las distintas facetas de la realidad, va a tener una influencia inmediata, además de fuertemente ambivalente sobre el status concedido a los enfermos mentales. Y ello por dos motivos:

En primer lugar, la locura será conceptualizada como una oposición a la razón, no explicable ni abordable por ella. En consecuencia, el loco será aislado de la sociedad y recluido en los hospitales psiquiátricos, que cada vez con más frecuencia, se alzarán en las afueras de todas las grandes ciudades (en el continente), o en la campiña (en Inglaterra).

En segundo lugar, el enfermo mental será considerado, pese a todo un individuo, y como tal, poseedor de una cierta dignidad que deberá ser respetada, si bien dicho respeto no llegará al punto de hacerle acreedor del disfrute de sus derechos, hasta que su conducta se ajuste a las pautas de organización social consideradas como acordes a la razón. El loco pasa a ser considerado un enfermo que necesita tratamiento. Nacen así los llamados tratamientos morales, (Pinel en Francia, y Tuke en Inglaterra).

Pinel se considera como el médico que liberó a los enfermos mentales, de las cadenas físicas con que solían ser sujetados en los hospitales franceses. Diseñó un tipo de tratamiento psicológico, que combinaba el trato amable hacia el enfermo con la prescripción de órdenes irrefutables, enunciadas en tono autoritario e incontestable. Es decir, abolió la violencia física hacia los tenidos por locos, y la sustituyó por el ejercicio de tanta violencia psicológica como fuera necesario, para lograr que éstos adaptaran su conducta a las normas sociales vigentes.

El grueso de la mencionada violencia psicológica, provenía del enjuiciamiento continuo, que el personal sanitario ejercía respecto de la conducta de cada interno, así como del hecho de que los informes de aquellos, fueran el material en base al que se identificaba la conducta inadecuada y se proponían los castigos de éstos.

Tuke, recogió la tradición anglosajona de recluir a los enfermos mentales lejos de las ciudades, allí donde se suponía que el retiro espiritual constituía una poderosa ayuda, en la lucha que el enfermo mantenía con sus pasiones. En tales centros, los enfermos solían ser tratados por sus cuidadores casi como niños, ya que si por una parte eran vigilados férreamente, por otra, veían reforzada su autoestima a través de la realización de pequeños trabajos físicos.

La gran diferencia entre los tratamientos de Pinel y Tuke, consistió en que Tuke instaba a los pacientes a controlar su conducta apoyándose en los valores de la religión, mientras que Pinel tenía como referente los valores ciudadanos.

El cambio de expectativas en la atención psiquiátrica

Durante las primeras décadas del siglo XIX, se mantuvo la creencia de que los locos eran seres humanos de rango inferior, insensibles al dolor físico, y sumisos sólo si se les administraban fuertes drogas; estos prejuicios se vieron reforzados por el importante deterioro que sufrían los pacientes internados.

A medida que avanzaba el siglo, este panorama llegó a cambiar drásticamente gracias a tres factores:

Los avances de la neurología, dieron pie a la creencia de que las enfermedades mentales estaban causadas por lesiones orgánicas.

La aplicación de métodos estadísticos en el control de casos de curación. Comenzó a hacerse popular la creencia, de que la prontitud en la aplicación del tratamiento una vez aparecido el trastorno, resultaba crucial para la recuperación.

Un nuevo concepto del enfermo mental en cuanto individuo; un concepto que subrayaba la condición del loco como hombre entre los hombres, y por tanto, como criatura sensible además de al calor, al frío y al dolor, a las presiones emocionales y ambientales a que se le sometiera.

Los destinos del mesmerismo

Mesmer, animado por las reacciones de ciertos pacientes, elaboró una teoría sobre la curación por medio de un supuesto fluido magnético de naturaleza física, que vincularía todos los elementos de la naturaleza, incluidos los seres humanos. Un discípulo suyo, marqués de Puységur, descubrió la hipnosis, concretamente la inducción hipnótica, así como las posibilidades que ésta ofrece para influenciar la conducta de las personas incluso cuando ya han salido del trance.

En EEUU, las prácticas hipnóticas y las explicaciones mesmeristas, quedaron fuertemente ligadas al espiritualismo gracias a las actividades y escritos de Quimby.

Hacia 1830, Braid acuñó el término hipnosis, para referirse a los trances mesméricos vinculándolos con los estados del sueño. Este hecho facilitó un cambio en la percepción del fenómeno por parte de sus colegas, pues al quedar los trances desvinculados de la teoría de los fluidos de Mesmer, se abría por una parte, la posibilidad de estudiar el fenómeno en términos estrictamente neurofisiológicos, y por otra, la posibilidad de realizar ensayos clínicos sistemáticos.

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