09. Aproximaciones sociocognitivas al estudio de la personalidad

Introducción

Críticas formuladas al estudio de la personalidad basado en el concepto de rasgo:

  1. El entendimiento de la personalidad como la organización del conjunto de rasgos que caracterizan a cada individuo y que se expresaría en la tendencia relativamente estable a comportarse de forma similar en un amplio rango de situaciones, pero esto no concuerda ya que la conducta de las personas no es tan consistente, semejante en las distintas situaciones, como se predice desde el concepto de rasgo (nuestra conducta varía de una situación a otra en función de las demandas específicas que cada situación plantee) y además pese a la variabilidad situacional que muestra nuestro comportamiento, seguimos reconociéndonos como la misma persona y lo mismo sucede a quienes nos observan.

  2. Las teorías de rasgo han sido cuestionadas por el empleo de unidades globales (rasgos de personalidad) que en sí mismas no son otra cosa que abstracciones elaboradas a partir de promedios de conducta (de la observación de la conducta en un amplio rango de situaciones) que no responden a ningún caso concreto, dando por supuesto que el rasgo significa lo mismo para cada persona y viene definido por el mismo tipo de conductas.

  3. Se sostiene que el rasgo traduce una tendencia generalizada a comportarse de forma semejante en la mayoría de las situaciones. El rasgo permite hacer predicciones promediadas (aplicables a distintas situaciones) pero no permite predecir el comportamiento de un individuo en una situación específica. Los rasgos posibilitan hacer predicciones de conducta acontextuales.

  4. El rasgo parece encontrar muchas limitaciones para predecir el comportamiento de individuos concretos en circunstancias igualmente específicas.

A estas cuestiones se intenta dar respuesta desde los planteamientos sociocognitivos:

  • una conceptualización diferente de los elementos que integran la personalidad y de las interrelaciones existentes entre los mismos que permiten hablar de la personalidad como un sistema.

  • delimitando el papel de la situación en la explicación de la conducta.

  • ofreciendo el marco de referencia desde el que explicar y predecir la conducta individual, atendiendo al mismo tiempo a las circunstancias específicas en que en cada momento se desarrolla la conducta.

  • se pretende conjugar la evidencia de “coherencia-regularidad-predictibilidad” de la conducta, la “variabilidad y discriminabilidad” de la misma, apelando a la “capacidad discriminativa” como una de las competencias más netamente humanas.

Resumen: el planteamiento sociocognitivo parte de la convicción de que “la discriminabilidad de la conducta y la complejidad de las interacciones entre el individuo y la situación sugieren la conveniencia de focalizarse más específicamente en el modo en que la persona elabora y maneja cada situación particular, en vez de intentar inferir los rasgos que tiene generalmente”.

Conceptualización de la personalidad

El ser humano genera, crea, el escenario en que se va a desarrollar su conducta. Las personas difieren en la forma en que categorizan las situaciones en que se encuentran, interpretando y dando significado a los distintos indicios presentes en las mismas.

Una misma situación objetivamente definida, para 2 personas, o para una misma persona en 2 momentos distintos, puede tener significados absolutamente diversos, en la medida en que la acción de la situación vendrá modulada por las variables y el proceso, fundamentalmente de naturaleza afectiva y cognitiva, que definen esencialmente la personalidad del individuo.

Las variables que definen el conjunto de recursos personales desde los que la persona se enfrenta a la situación y pone en marcha el proceso dinámico que define y caracteriza cualquier manifestación de comportamiento son:

  • capacidad de simbolización

  • capacidad de anticipación

  • valores, intereses, metas y proyectos vitales

  • sentimientos, emociones y estados afectivos

  • mecanismos y procesos de autorregulación

Elementos y unidades básicas integrantes de la personalidad

Capacidad de simbolización

En el curso de su desarrollo cognitivo y mediante las diversas experiencias de aprendizaje, el individuo va adquiriendo información sobre sí mismo, su conducta, el mundo que le rodea y las relaciones existentes entre estos factores. Adquiere la capacidad para generar estrategias cognitivas y conductuales, acordes con las nuevas situaciones en que en cada momento se encuentre.

Las personas difieren no solo en la competencia que poseen para construir y generar estrategias cognitivas y de conducta manifiesta, sino también en las estrategias concretas que ponen en juego en cada caso para hacer frente a las distintas situaciones con los recursos que poseen. A la hora de estudiar a la persona, lo que interesa saber es “qué puede hacer con los recursos que posee” más que “qué características le definen”.

Las personas difieren en la forma de codificar y agrupar la estimulación que reciben: las personas pueden diferir en las transformaciones cognitivas (atención selectiva, interpretación y categorización) que introducen en la estimulación, cuyo impacto sobre el individuo queda de esta forma modulado por tales estrategias cognitivas.

El manejo de símbolos concede una gran libertad ante las demandas objetivas de la situación. Mediante ellos, el individuo puede recrear el escenario de conducta, ensayar posibles estrategias de solución de problemas, tomar en consideración posibles consecuencias asociadas a conductas alternativas, recorrer toda la secuencia de contingencias necesarias para el logro de los planes y proyectos que desearía alcanzar en su vida.

Es esta capacidad de simbolización la que dirige en gran medida nuestra conducta. Rara vez la situación es tan potente, está tan claramente estructurada, como para que sea percibida y valorada de igual forma por la mayoría de las personas. Esta capacidad de simbolización explicaría que podamos enfrentarnos de forma adaptativa a situaciones con las que no hemos entrado en contacto previamente, o que podamos aprender sin necesidad de experiencia directa.

La mayor parte del aprendizaje en los seres humanos se produce por la observación de la asociación conducta-consecuencias en otras personas. Por observación aprendemos qué conductas son apropiadas y cuales no en distintas situaciones y qué consecuencias suelen acompañar a las diferentes formas de conducta posibles.

La representación mental de estos esquemas relacionales conducta-consecuencias en función explicaría que los resultados que los demás obtienen por su conducta sirvan también como reforzadores de la propia conducta o que compartamos la reacción emocional de otra persona sin necesidad de pasar directamente por la experiencia que aquella esté atravesando.

Este valor adaptativo de los procesos de construcción y categorización de la realidad (incluido el propio concepto de sí mismo) explicaría el carácter relativamente estable y generalizado de los mismos.

Capacidad de anticipación

Los criterios que ponen en marcha una u otra forma de conducta son el conjunto de expectativas que el individuo posee acerca de las consecuencias previsibles asociadas a las distintas alternativas de respuesta posibles en cada situación determinada. Estas expectativas van a guiar la elección definitiva de la conducta a desarrollar, en la medida en que posibilitan al individuo anticipar contingencias futuras, aspecto éste esencial para entender la vida motivacional y emocional de los individuos.

La conveniencia de introducir esta variable nos permite explicar:

  • las diferencias individuales ante una misma situación objetiva.

  • el comportamiento que a veces puede presentar una persona, cuando las contingencias objetivas de la situación podrían conducir a predicciones comportamentales en clara discordancia con la conducta que presenta el individuo.

En ambos supuestos, la conducta de cada persona vendrá condicionada por:

  • el modo peculiar como interpreta las características y requerimientos de la situación a la que se enfrenta.

  • el tipo de consecuencias que espera obtener o evitar con su conducta, de forma que con mayor probabilidad pondrá en marcha aquella conducta que maximice los potenciales beneficios y minimice las posibles consecuencias negativas asociados a cada forma de conducta con la que cuente en su repertorio comportamental.

Se pueden distinguir 2 tipos de expectativas:

Las vinculadas a los resultados previsibles de la conducta

Cuando el individuo afronta una situación lo hace, desde expectativas generalizadas a partir de las consecuencias de su conducta en situaciones anteriores, que guardan cierta similaridad con la situación actual. Lo más frecuente es que tales expectativas generalizadas sean el principal determinante de la conducta aunque en cada caso resulten moduladas por la información adicional que proporciona la situación concreta en que tiene lugar la conducta que genera expectativas específicas asociadas a tal situación.

En cambio, cuando  la situación es altamente específica o infrecuente, la conducta vendrá determinada en mayor medida por las expectativas específicas estrechamente vinculadas a dicha situación (aunque inicialmente se acerque a la misma desde expectativas generalizadas, que rápidamente serán sustituidas por las específicas a medida que se toma contacto con la nueva situación).

La disponibilidad y empleo de expectativas generalizadas permiten predecir, anticipar, las consecuencias previsibles de nuestra conducta. Para ello es preciso que tales expectativas generalizadas permanezcan lo suficientemente flexibles y permeables como para ir incorporando los cambios pertinentes en función de la información que nos pueda suministrar cada nueva situación.

Las relacionadas con las consecuencias asociadas a determinados estímulos presentes en la situación

Las expectativas que desarrolla una persona acerca de las posibles consecuencias de su conducta se establecen a partir del conjunto estimular que configura la situación pero, al mismo tiempo, la conducta puede ser modulada por las posibles consecuencias y fenómenos que señalan determinados estímulos especialmente significativos presentes en la situación.

El individuo aprende que ciertos estímulos predicen ciertos acontecimientos, estando su conducta determinada por la anticipación de los acontecimientos que señalan tales estímulos, cuyo valor predictivo depende de la particular historia de aprendizaje del individuo y del significado que éste le otorga.

Valores, intereses, metas y proyectos vitales

Otro determinante importante de la conducta concreta que el individuo desarrolla en cada caso es:

  • el valor que uno concede a las consecuencias de su conducta

  • a los acontecimientos  a los que se enfrenta

El carácter positivo o negativo que las personas asignan en uno y otro caso se establece por la capacidad que tales acontecimientos han adquirido para inducir estados emocionales positivos o negativos, esto es, a partir del valor funcional como refuerzo o incentivo que poseen para cada persona.

Las personas se esforzarán por llevar a cabo una determinada conducta en la medida en que les resulte atractiva y les posibilite la obtención de resultados asumibles en el esquema de valores que cada uno defiende y que definen su proyecto vital. Este entramado motivacional influye y condiciona de forma importante el modo en que el individuo percibe, interpreta y valora la realidad, los objetivos que se propone, las estrategias que empleará para lograr tales objetivos y el modo en que hará frente a los obstáculos y dificultades que pueden interponerse en su esfuerzo por alcanzar las metas propuestas.

Sentimientos, emociones y estados afectivos

Otro aspecto a tener presente es la dimensión emocional del comportamiento. El estado emocional actúa como filtro de la información que se procesa sobre el entorno y sobre sí mismo.

Mecanismos y procesos autorreguladores

La conducta está guiada en mayor parte por mecanismos de autorregulación que por los estímulos exteriores, salvo en aquellas ocasiones en que la fuerza de los factores externos alcanza tal intensidad y significación que el individuo se siente incapacitado para encauzar su conducta por vías diferentes a las que cabría predecir a partir del simple conocimiento de la naturaleza de los factores externos.

Estos procesos de autorregulación consisten en la elaboración o incorporación por parte del individuo de un conjunto de reglas de contingencia que dirigen su conducta en ausencia de presiones situacionales externas inmediatas. Tales reglas especifican qué tipo de conducta resulta más apropiado en función de las demandas que plantea la situación concreta, los niveles de ejecución que la conducta debe lograr y las consecuencias del logro o fracaso en alcanzar tales estándares de conducta (niveles de ejecución trazados o propuestos por el propio individuo).

La personalidad como sistema

Las personas difieren:

  • en el contenido de los procesos psicológicos (unidades básicas de personalidad) que condicionan el modo específico y peculiar con el que cada uno se posiciona ante las diversas situaciones.

  • en el tipo de situaciones y circunstancias en que tales unidades se activan, así como en la facilidad con que se activan cuando el individuo se encuentra en las circunstancias apropiadas, cuando existe congruencia o se produce convergencia entre las características definitorias de la persona y las de la situación o contexto en que tiene lugar la conducta.

  • en el sistema organizado de interrelaciones entre tales procesos psicológicos, desde el que el individuo se enfrenta a las demandas de la situación, dando lugar a perfiles idiosincrásicos de conductas estables y predecibles.

Es importante conocer cómo percibe el individuo la situación a la que se enfrenta, pero se entenderá mejor su conducta si además se conoce:

  • qué tipo de expectativas se activan en tales circunstancias.

  • cómo valora sus recursos y competencias para hacer frente a esa situación concreta que percibe con unas connotaciones específicas.

  • cómo reacciona emocionalmente en tales circunstancias.

  • qué tipo de objetivos e intereses defiende.

  • en qué medida las diversas alternativas de las que cree disponer en tal contexto.

  • le permiten avanzar de la forma más eficaz posible.

Una persona pondrá en marcha un determinado curso de acción si:

  1. percibe que la situación le brinda la oportunidad de alcanzar determinados objetivos.

  2. cree que posee los recursos y competencias necesarios para hacer frente a la situación y llevar a cabo la conducta necesaria y apropiada.

  3. anticipa la satisfacción que le producirá el logro de tales objetivos.

En parecidas circunstancias puede bastar que otra persona perciba que no tiene recursos suficientes para hacer frente a la situación o que la conducta requerida entra en conflicto con otros valores e intereses que tienen en su vida, para que evite tal situación o desarrolle una forma de conducta claramente diferente.

Secuencia global de conducta como un entramado dinámico en el que los distintos procesos que configuran las “unidades de análisis de la personalidad” están continuamente interaccionando recíprocamente entre sí y con las características de la situación a la que se enfrenta el individuo en cada momento y que va cambiando precisamente como efecto del mismo proceso de interacción y afrontamiento. El modo en que percibimos y valoramos la realidad y a nosotros mismos va cambiando constantemente en función de los resultados (positivos, negativos o neutros) que vamos alcanzando con nuestra conducta.

Unidades globales versus contextuales

Cuando calificamos a una persona con un determinado rasgo de personalidad (ansiedad, optimismo, rigidez…) basamos nuestro juicio en la frecuencia o intensidad medias con la que tal persona presenta determinadas formas de conducta. Este procedimiento es congruente  con el supuesto de que la conducta es relativamente estable, porque así lo es la estructura de personalidad.

El problema surge cuando observamos que la conducta no es tan estable como para justificar la hipótesis de que la tendencia media de comportamiento refleja realmente la especificidad de la conducta que el individuo desarrolla en las diversas situaciones.

Puede haber 2 personas con idéntico nivel en un determinado rasgo y que difieran:

  • en el modo en que responden a las distinta situaciones.

  • en el perfil que muestran sus conductas en el rango de situaciones.

  • en la estabilidad con que presentan tales perfiles peculiares y auténticamente distintivos de cada una de estas personas.

El empleo de categorías “globales” como los rasgos, pueden orientan para conocer la posición relativa de un individuo con relación a su grupo normativo, pero dice poco acerca de cómo se comporta ese individuo con esa característica ante situaciones concretas.

Esta posibilidad explicativa de la conducta individual en contextos específicos nos la brindaría el conocimiento de:

  • las características y procesos que caracterizan el mundo psicológico del individuo.

  • las interrelaciones y organización existentes entre los mismos.

  • el modo en que hace frente a las peculiares demandas que cada situación le plante.

Estas características y requerimientos de la situación activan unos procesos, inhiben otros y dejan sin afectar otros, y a su vez, el resultado de esta interacción altera potencialmente tanto los procesos y dinámica (sistema global) existente en el individuo como la propia situación, creándose un nuevo escenario persona x situación.

Aunque nos sigamos percibiendo como la misma persona y sigamos reconociendo en los demás a las mismas personas en distintos momentos y contextos:

  • nuestra conducta no es la misma en todas las situaciones.

  • aunque dos personas sean muy parecidas y las categoricemos asignándoles el mismo peso en las mismas dimensiones básicas de personalidad puede que no se comporten siempre de la misma forma.

  • la conducta está en cierto modo condicionada por las características que le identifican como individuo, pero al mismo tiempo esto pone de manifiesto que la situación no es un mero accidente, sino más bien que la conducta refleja el esfuerzo adaptativo del individuo, el esfuerzo por hacer frente desde los propios recursos a las demandas cambiantes de la situación en un proceso continuo de transacción codeterminante.

La conducta es fruto conjunto de características del individuo y de la situación, tanto la persona como la situación se ven modificadas al mismo tiempo por la conducta desarrollada. Ni la persona, ni la situación siguen siendo las mismas tras cada momento de conducta, entendida ésta como un flujo constante de interrelación persona-ambiente por hacer frente a la situación, encontrar el modo adecuado en cada caso para satisfacer las demandas de la situación y al mismo tiempo nuestros objetivos y proyectos.

La personalidad como disposición de conducta

El valor de la personalidad como disposición de conducta, como tendencia a comportarse de determinada forma, se mantienen tanto en las teorías de rasgo, como en los planteamientos sociocognitivos, aunque en cada caso el término disposición se entienda de diferente forma:

  • en las teorías de rasgo, la personalidad se entiende como disposición de conducta que se expresaría en conducta consistente transituacionalmente (sin conceder importancia al contexto específico en que tiene lugar la conducta)

  • en los planteamientos sociocognitivos la disposición de conducta que define la personalidad se refleja en la tendencia a presentar patrones discriminativos estables situación-conducta, de forma que la conducta presentará variabilidad en consonancia con las cambiantes demandas de la situación (se habla de coherencia más que de consistencia).

Al igual que en las teorías de rasgo se defiende que la observación de la conducta (pretendidamente consistente y estable) nos permite identificar los rasos y por extensión la estructura de personalidad que le sirve de base.

En el planteamiento sociocognitivo se sostiene que la observación de los patrones estables contextualizados y discriminativos de conducta que caracterizan al individuo, nos permite identificar el sistema dinámico de interrelaciones existentes entre los diversos procesos psicológicos que constituyen los elementos estructurales básicos de la Personalidad. Este sistema dinámico se activa en respuesta a las características peculiares de la situación y se manifiesta en el modo característico y distintivo con el que se cada persona se enfrenta a las circunstancias que le rodean y negocia la respuesta más adaptativa posible (aquella que permita alcanzar el mayor equilibrio entre las demandas de la situación y sus competencias y recursos conductuales).

Explicación de la conducta

Coherencia comportamental

La personalidad presenta una notable estabilidad a lo largo de la vida, sobre todo cuando se analiza en términos de diferencias individuales, pero también en términos absolutos, pues aunque ciertamente se producen cambios, estos suelen ser de pequeña magnitud.

Esta estabilidad de la personalidad no siempre se traduce en estabilidad comportamental. La conducta del individuo puede variar de un momento a otro y de una situación a otra. Sin embargo, seguimos identificándonos como la misma persona, continuamos aceptando las diversas expresiones conductuales como propias, y los demás siguen reconociéndonos como la misma persona pese a la variabilidad conductual.

Para entender esta cuestión hay que tener presentes 3 datos:

  1. El mismo concepto de personalidad se asienta sobre la existencia de continuidad en la conducta. La personalidad hace referencia a la existencia de patrones regulares de conducta, en base a los cuales se define característica y diferencialmente a cada individuo.

  2. La existencia de regularidad y continuidad en la conducta es un factor decisivo para el desarrollo y mantenimiento del sentimiento de propia identidad. Uno se define a sí mismo a partir de la observación de su conducta en diversas situaciones, pero para que esta observación le permita elaborar una imagen armónica de sí mismo, es preciso poder establecer nexos de continuidad entre unas manifestaciones conductuales y otras

  3. La existencia de patrones regulares de conducta parece una condición importante para poder anticipar y predecir la propia conducta y la de los demás, propiciando el desarrollo de conducta adaptativa.

Lo definitorio de la conducta de un individuo es la presencia de perfiles estables de covariación situación-conducta, que permite predecir la conducta en términos de relaciones de contingencia, que identifican las condiciones y circunstancias en que es más probable la ocurrencia de uno u otro tipo de conducta.

La personalidad de un individuo se expresa a nivel conductual en el patrón particular con el que sus conductas y experiencias varían en función de la situación de forma sistemática y predecible. La observación del patrón de relaciones de contingencia situación-conducta permite conocer la dinámica de interrelaciones entre procesos cognitivos, afectivos y motivacionales, que configura su personalidad.

Estas relaciones de contingencia identifican la relación de codependencia existente entre características de la situación, contexto o circunstancias en que se encuentran la persona y la forma específica de conducta con que responde a las mismas. La presencia de contingencia entre situación (externa o interna) y conducta puede indicarse mediante expresiones conectivas (por ejemplo si… entonces…) mediante las que se establece la asociación entre:

  • la conducta y alguna situación o circunstancia externa  ó

  • la conducta y algún estado interno del individuo

Las reglas condicionales recogen la variabilidad situacional y explican la plasticidad y variabilidad discriminativa observables en la conducta.

Lo que caracteriza a la personalidad es precisamente esta flexibilidad adaptativa, asociada a la capacidad discriminativa del ser humano, que se traduce en patrones de estabilidad y variabilidad. Patrones que se van consolidando y estabilizando a partir de las experiencias por las que cada uno va pasando en el curso de su desarrollo, introduciendo coherencia en el comportamiento, que varía de un contexto a otro, pero no de forma arbitraria y errática, sino de forma pautada y predecible.

El comportamiento es esencialmente discriminativo y cambia en función del modo en que el individuo perciba la situación, valore los recursos de que dispone para hacerle frente y pondere las consecuencias esperables de las distintas alternativas de respuesta con las que cuenta. La conducta puede cambiar en función de la decisión que tome la persona acerca del tipo específico de conducta que espera le proporcionará el mayor ajuste posible entre:

  • sus competencias, necesidades, valores y proyectos

  • las demandas de la situación

La conducta es coherente en la medida en que siempre responde a la interacción que en cada ocasión y circunstancia se establece entre características del individuo (expectativas, necesidades, emociones, valores, metas…) y requerimientos específicos de la situación. Una persona se comportará de forma similar en una u otra situación cuando el balance de la interacción persona-situación sea semejante. En cambio, es esperable que la conducta cambie en la medida en que cambien los elementos que entran en interacción o el balance final de la misma.

El comportamiento muestra un patrón de estabilidad y variabilidad que no es errático sino coherente.

Implicaciones para el conocimiento de la personalidad

El conocimiento del perfil de conducta que caracteriza a una persona permite identificar las razones de su comportamiento que puede variar de unas situaciones a otras pero que al mismo tiempo guarda una lógica y coherencia internas que lo hacen predecible.

La observación sistemática del patrón de estabilidad y cambio que caracteriza la conducta de una persona, permite conocer más profundamente el sistema de interrelaciones entre procesos psicológicos que define su personalidad. La observación de los cambios de conducta según la situación, puede permitir identificar qué procesos psicológicos están implicados en cada caso, qué busca satisfacer el sujeto, cómo percibe la situación, a qué configuración estimular está respondiendo.

Implicaciones predictivas y adaptativas

La observación sistemática de la conducta en un rango amplio de situaciones posibilitaría el hacer predicciones de la conducta individual en situaciones específicas. Esta posibilidad existe desde el momento en que tales observaciones de la conducta en distintos contextos permiten conocer el perfil interactivo que el individuo tiende a desarrollar ante determinadas características de la situación.

La diferencia entre estas predicciones “contextualizadas” (en las que el análisis y la predicción de la conducta siempre se hace tomando en cuenta el contexto en que tiene lugar la conducta) y las que podríamos hacer desde la atribución al individuo de un determinado nivel de rasgo, es que en aquellas al individuo se le ha categorizado en base a su perfil estable interactivo, expresado en relaciones de contingencia “situación… conducta” y no en base a características descontextualizadas, que reflejan “promedios” de conducta, pero no la conducta concreta en cada situación específica.

El análisis y valoración de la conducta, la propia y la de los demás, en términos condicionales, en términos de relaciones de contingencia situación-conducta, aporta unas claras ventajas adaptativas. El análisis discriminativo de la conducta, tomando en consideración qué conducta tiene lugar en qué circunstancias y no en otras:

  • introduce una mayor flexibilidad a la hora de interpretar la conducta.

  • nos hace ser más comprensivos porque nos aporta una visión más realista y equilibrada de la conducta y las circunstancias que la rodean.

  • permite anticipar los acontecimientos futuros con mayor relativismo y ponderando con realismo todas las posibles contingencias.

Se tiende a reaccionar emocionalmente de forma más intensa si el fracaso o la experiencia negativa se interpretan como debido a alguna característica propia que uno cree será difícil cambiar que si analizamos tal experiencia tomando en consideración las circunstancias en que se ha producido.

¿Inconsistencia o facilidad discriminativa?

El análisis de la conducta como esfuerzo adaptativo en respuesta a las cambiantes demandas de la situación, permite dar una respuesta a la aparente contradicción existente entre:

  • la variabilidad observable en la conducta individual.

  • la sensación de que por encima de la variabilidad el estilo de comportamiento que nos caracteriza a cada uno tiene coherencia interna.

Cuando observamos nuestra propia conducta o la de otras personas, podemos detectar ciertos elementos comunes que introducen un cierto orden a través de la variabilidad objetivamente existente en el comportamiento desarrollado en situaciones y momentos distintos. Es la detección de este orden lo que permite mantener una imagen continua de nosotros mismos y de las otras personas y anticipar la conducta en ocasiones futuras.

Lo que define y caracteriza a una persona no es el poseer un conjunto de predisposiciones de conducta que se activan de la misma forma en cualquier situación, sino más bien un sistema organizado de competencias, potencial de conducta y procesos psicológicos estrechamente interrelaciones, que se activan diferencialmente según los requerimientos específicos de la situación a la que uno se enfrenta en cada momento.

Ante una situación concreta, el modo en que uno la perciba, desencadenará un estado emocional que junto a las anteriores valoraciones y expectativas, contribuirá a crear el estado motivacional necesario para poner en marcha la conducta más apropiada a la situación de entre aquellas opciones de conducta disponibles en el repertorio conductual que cada uno va adquiriendo a lo largo de su historia particular de aprendizaje.

Si la situación cambiase o variase alguno de los elementos activados en el proceso de afrontarla, la dinámica de interrelaciones entre las competencias, recursos y procesos psicológicos que integran la personalidad puede cambiar significativamente, dando lugar a variaciones en la conducta que las personas presentan en cada caso o circunstancia concretos.

La variabilidad existente en la conducta es expresión genuina de la constante interrelación codependiente existente entre el individuo y los requerimientos situacionales. Por ello, los cambios situacionales observables en la conducta no deben entenderse como muestra de inconsistencia, sino como indicador de la capacidad discriminativa con la que el ser humano dirige y regula su conducta.

La variabilidad observable en el comportamiento debe entenderse como expresión del esfuerzo adaptativo que realiza el individuo al encarar cada una de las situaciones y circunstancias que encuentra en su vida diaria. Esfuerzo adaptativo que pasa necesariamente por prestar atención a las peculiares demandas que en cada caso la situación plantea y buscar la respuesta que posibilite el mejor equilibrio posible entre recursos personales y exigencias de la situación.

Una vez reconocida la presencia de cambios en la conducta, la sensación de que existe coherencia en nuestra conducta se debe a que:

  1. el sistema de interrelaciones existente entre los distintos elementos que configuran la personalidad, se va estabilizando en el curso del desarrollo vital de cada persona, se van estableciendo patrones cada vez más estables de activación e inhibición entre estos elementos, facilitando la creciente estabilidad con que percibimos y reaccionamos a las situaciones y problemas que encontramos en nuestra vida cotidiana.

  2. cuando uno se enfrenta a una situación, no lo hace prioritariamente en base a sus características físicas y objetivas, sino más bien en función de la recreación que uno hace de la misma al percibirla y valorarla de una determinada forma, pero no analizamos la situación usando criterios distintos y diferenciados para cada situación, sino que nos servimos de una serie limitada de criterios que determinan que diversas situaciones compartan alguno o varios de estos criterios, convirtiéndose de esta forma en funcionalmente equivalentes.

Tomando en consideración estos 2 aspectos, la progresiva estabilización del sistema que conforma la personalidad y la presencia de equivalencia funcional entre las situaciones, nos permitirá detectar que nuestra conducta ciertamente cambia, a veces drásticamente, de forma insignificante en otras ocasiones, de una situación a otra, pero que, al mismo tiempo, estos cambios no se producen de forma errática o aleatoria.

La presencia de coherencia es lo que hace posible predecir el comportamiento del individuo en situaciones específicas, en la medida en que nos permite conocer ante qué características de la situación se activan unos u otros procesos psicológicos y qué tipo de conductas suelen ir asociadas a la específica dinámica de interrelaciones entre tales procesos psicológicos suscitada en función de las características de la situación.

¿Es posible la integración?: perspectivas futuras

Se dispone de 2 marcos de referencia teóricos hegemónicos:

  1. aquel en el que la Personalidad se define esencialmente como el conjunto de predisposiciones de conducta existentes en el individuo, que se manifiestan en conducta estable y consistente (teorías de rasgos, teorías disposicionales, estructurales o centrada en la variable)

  2. aquel en el que la Personalidad se define como un sistema integrado por variables y procesos psicológicos que en contraste y recíproca interacción con la situación en que se desarrolla la conducta, genera patrones discriminativos de conducta coherentes y predecibles (teorías sociocognitivas, sociocognitivas-afectivas, acercamiento interaccionistas, teorías basadas en el análisis de los procesos de interrelación dinámica que tienen lugar a nivel intraindividual y los que se desarrollan entre la persona y la situación, o teorías centradas en la persona).

El acercamiento tipológico

Estudiar e identificar la personalidad de un sujeto supone concentrarse en la configuración y organización peculiar que las variables y procesos psicológicos, presentan en tal individuo.

Este análisis idiográfico no impide necesariamente que se puedan elaborar tipologías a partir de la agrupación de aquellos individuos que comparten una misma o muy similar, configuración de variables personales, que a su vez, en interacción con el contexto, se traduciría en similares perfiles de conducta discriminativa.

Lo que diferencia a estos prototipos de los expresados tradicionalmente mediante rasgos, es que estos se basan en promedios de conducta acontextuales (ya que al promediar la conducta observada en una serie de situaciones, se ha eliminado el posible efecto diferencial de las características específicas de cada situación) mientras ahora nos estaríamos basando en la observación de perfiles estables de covariación contingente situación-conducta, que nos permiten recoger la idiosincrasia tanto del individuo, como de la situación.

Las características de personalidad que definen cada “tipo” identifican una “configuración única” de atributos, posibilitando así el acercamiento a la “unicidad” de la persona, reconociendo al mismo tiempo los aspectos comunes a todos los individuos. El enfoque tipológico viene a hacerse eco de la evidencia que muestra que cada individuo es en parte único,  pero también en parte importante parecido a los otros individuos.

El acercamiento tipológico identifica categorías de individuos basadas en la particular configuración de las características que les definen, proporcionando así un punto de unión entre la investigación puramente centrada en las variables (acercamiento de rasgos) (que hace énfasis en las características en las que se parecen y difieren las personas) y la investigación centrada esencialmente en la persona (planteamiento sociocognitivo) (que hace énfasis en el patrón único de características existente dentro de cada individuo)

Interacción rasgos-procesos psicológicos

Una segunda vía posible de integración pasaría por la reconceptualización del rasgo de personalidad para centrarse en el estudio de la interacción recíproca existente entre elementos estructurales, como los rasgos, y la dinámica de interrelaciones entre competencias, procesos psicológicos y variables contextuales.

En el curso del desarrollo, los procesos psicológicos, inicialmente activados en contextos específicos, se van consolidando y estabilizando, dando lugar a elementos estructurales de la personalidad que, posteriormente, servirán para activar tales procesos.

En el curso del desarrollo el proceso dinámico que subyace a las distintas formas de conducta se va consolidando y estabilizando, reflejándose en los crecientes niveles de coherencia y estabilidad que observamos en el comportamiento, paralelo al crecimiento biológico, personal y social.

Cuando calificamos a alguien con un determinado rasgo, estamos resumiendo su estilo habitual de conducta, pero, al mismo tiempo, estamos recogiendo la dinámica de interrelaciones entre persona y contexto, que al estabilizarse y consolidarse como estilo con el que el individuo hace frente a las diversas circunstancias, se refleja en patrones relativamente estables y coherentes de conducta.

El rasgo representaría ni más ni menos que la cristalización del complejo entramado dinámico de interrelaciones existente entre competencias, recursos y procesos psicológicos. Los rasgos y los perfiles estables de variabilidad situación-conducta podrían ser entendidos como facetas complementarias estables del funcionamiento de la personalidad.

Una vez que se presentan las circunstancias contextuales apropiadas, los elementos estructurales de la personalidad actuarían como facilitadores de la activación de los procesos dinámicos que los constituyen, reforzando la presencia de regularidad y coherencia en el comportamiento.

De esta forma “estructuras” y “procesos” son 2 elementos que se relacionan, influyen y codeterminan recíprocamente, siendo al mismo tiempo causa y efecto el uno del otro.